Aún nos falta mucho para volver a ser campeones
Rojosangre
La mayor falencia que le sigue impidiendo a Independiente Santa Fe poder conseguir su séptima estrella, es la impaciencia, la misma que por años nos ha hecho cometer la torpeza de no culminar los procesos, cuando por lo menos los hemos iniciado.
Estamos de acuerdo que en Colombia ha habido casos en los que sin proceso se logran títulos, pero, sin duda, el camino más seguro, más corto, o mejor, menos incierto, es el de los procesos. En otros países, como Argentina o Brasil, por no mencionar Europa, cuando se habla de procesos, se hace referencia a por lo menos tres años. Y para no ir tan lejos, Chicó, La Equidad, Medellín y hasta América, van mejorando año tras año y están a punto de cumplir con sus objetivos de ser campeones, y si no lo son ahora, de seguro que seguirán en ese camino hasta que lo sean, sin tirar todo por la borda. Eso es metodología de control de variables, es estadística. Recordemos que el primer torneo de La Equidad en la A fue un fracaso, y que gracias a la continuidad de su proceso, al siguiente torneo comenzó a mostrar resultados y está ya a punto de conseguir la estrella.
Por el lado nuestro, el último proceso medianamente cierto lo tuvimos con Pecoso en 2000-2001, cuando terminamos en las posiciones 4 y 5. Después de él estuvo Basílico, pero aunque permaneció dos torneos semestrales, no alcanza a catalogarse como proceso.
Y de ahí para atrás, nos toca remontarnos a 1990-1991 con Héctor Céspedes, a 1988-1989 con Umaña y a 1986 y 1987 co Pinto, cuando aún se entendía en nuestro equipo lo que era un verdadero proceso. Ellos tuvieron la oportunidad de ver al equipo, pedir los jugadores y condiciones para el siguiente torneo y ofrecieron resultados, así: Pinto eliminado en su primer año, en el segundo nos ubicó en el tercer lugar; Umaña terminó en la posición 4 y el la siguiente en la 6; y Céspedes, nos dejó en el cuarto lugar en ambos años.
¿Pero qué es un proceso? Un proceso es la implementación de una propuesta de trabajo de un equipo, en la que su director técnico solicita un grupo de jugadores, unas condiciones precisas y unos plazos específicos, para brindar resultados.
El primer error del equipo actual, y no es este ningún descubrimiento, fue prometer título en cuatro meses, con un equipo nuevo, sin proceso y por el sólo hecho de poseer figuras. Y el siguiente error, fue asignar la función de armar el equipo a terceras personas (Basílico y Prieto), no permitiendo que el director técnico nuevo, como debe ser, en este caso Pecoso, fuera quien lo hiciera.
Aclaro que con este planteamiento no quiero decir que Castro se debe quedar y que con él vamos a ser campeones a final de año. Más bien reflexiono acerca de si con Sarmiento (de lejos el mejor estratega del fútbol colombiano), Gareca (un gran motivador) o Basílico (conocedor de la casa), si no hubieran salido del equipo (precisamente por esa impaciencia que nos saca año tras año del proceso), si con ellos y, por ejemplo, con una nómina como la actual, hubiéramos ya conseguido la estrella.
Como afirman muchos, que venga el que sea, pero que lo dejen trabajar y cumplir con su proceso. Pero como lo decía Iván Mejía en estos días, aquí pueden traer a Mourinho, como el mejor del mundo, y de seguro en diciembre lo estamos sacando a cachuchazos, por ladrón, por no saber manejar el equipo, por insistir en X jugador, o por sentar al otro. Y para la muestra, no uno, sino varios botones: En 1995 trajimos a Comesaña como el gran técnico que acababa de sacar a Junior campéón en 1993, y al año lo sacamos como el peor y más ladrón de los técnicos; en 1999 trajimos a J.J. Peláez, porque había sacado campeón a Nacional en 1994, e igual, salió como el más malo y rosquero; en 1999 trajimos a Pecoso Castro porque había sido campeón con Cali en 1997, y salió como mediocre y traicionero; en 2004 trajimos a De la Pava después de haber sacado campeón a América en 2000, 2001 y 2002, y tampoco pasó nada, pues salió como incapaz; y en 2006 trajimos a Sarmiento después de haber sido campeón con Medellín y Cali en 2004 y 2005, y salió por mediocre, paisa y rosquero.
No quiero ser ave de mal agüero, pero a este paso y si seguimos con esta dañina ansiedad, a finales de este año estaremos sacando a Bolillo Gómez por versero, rosquero y ladrón, eso sí, con los bolsillos llenos y demandándonos para que le paguemos completo su altísimo contrato de dos años, de 300 millones de pesos mensuales.
La ansiedad sigue, y con ella la mala memoria de ese amplio grupo de hinchas (de la que ojalá no se contagien los directivos nuevos), quienes olvidan que este mismo ciclo de seis meses se viene cumpliendo desde hace muchos años, y que mientras tanto, la mayoría de los equipos colombianos nos han cogido ventaja, al sí implementar verdaderos procesos.
En este torneo se quiso probar que podíamos ser campeones con mucho dinero y con una buena nómina, pero tampoco fue. Ahora la ansiedad nos hace pensar una vez más en borrón y cuenta nueva, al cambiar de técnico. Ojalá traigamos a Mourinho, para que por fin aprendamos que la cosa no es por ahí…
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